

Agacharse a recoger algo del suelo, levantar una caja con esfuerzo o simplemente girar el torso de forma brusca. Estos movimientos, cotidianos y casi automáticos, son una auténtica pesadilla para millones de personas que conviven con dolor lumbar. Durante años se ha pensado que evitar este tipo de gestos era clave para proteger la espalda. Pero un nuevo y exhaustivo estudio publicado en JAMA Network Open viene a desmontar esta creencia y aporta una visión mucho más esperanzadora para quienes sufren este tipo de dolencias.
La investigación, liderada por el doctor Pradeep Suri y su equipo, siguió durante un año a más de 400 personas atendidas por dolor lumbar en el sistema sanitario de veteranos de Estados Unidos. A lo largo de ese tiempo, los participantes completaron cerca de 10.000 encuestas detallando su dolor y las actividades físicas realizadas en las 24 horas previas. Con estos datos, los investigadores pudieron identificar con una precisión sin precedentes qué movimientos estaban más vinculados a un aumento del dolor y, lo que es aún más importante, si estas acciones tenían un impacto negativo en la funcionalidad de la espalda a largo plazo.
El estudio identificó cinco actividades asociadas con un leve incremento en el riesgo de sufrir un brote de dolor al día siguiente: levantar objetos de más de 4,5 kilos, agacharse, empujar o tirar de algo, girar el tronco y ponerse en cuclillas. Cada hora adicional dedicada a estos movimientos aumentaba la probabilidad de dolor en torno a un 5 o 6 por ciento. Resulta llamativo que pasar más tiempo sentado se asociara con una disminución del riesgo de dolor, una observación que, si bien puede parecer contradictoria, sugiere que sentarse podría ser una respuesta al dolor previo más que un factor protector en sí mismo.
Pero la verdadera sorpresa llegó al analizar los datos a largo plazo. Ninguna de las actividades, ni siquiera las más asociadas con brotes de dolor, se relacionó con un deterioro funcional al cabo de un año. En otras palabras, las personas que realizaron más de estos movimientos no presentaron un peor estado físico un año después. Este hallazgo cuestiona la antigua creencia de que determinados gestos deben evitarse a toda costa para no dañar la espalda.
Los investigadores sugieren que este tipo de dolor, aunque molesto e incluso limitante, no implica necesariamente un daño estructural. Más bien refleja un aumento temporal de la sensibilidad del sistema nervioso. Es un mensaje esperanzador para millones de personas con dolor crónico: su espalda puede doler, pero no está rota.
Este cambio de enfoque tiene implicaciones profundas. Durante mucho tiempo se ha promovido el reposo como tratamiento del dolor lumbar. Ahora, la evidencia apunta en sentido contrario. Permanecer activo, con prudencia y estrategia, podría ser la mejor manera de proteger la funcionalidad a largo plazo. La clave no es evitar el movimiento, sino entenderlo, dosificarlo y adaptarlo.
El dolor lumbar suele ser el resultado de múltiples factores que actúan al mismo tiempo. Movimientos bruscos o mal ejecutados pueden irritar músculos o ligamentos, pero también influyen aspectos como la fatiga, la rigidez tras muchas horas sentado, o incluso la tensión emocional. Problemas de sueño, estrés crónico o el sobrepeso también pueden aumentar la sensibilidad del cuerpo al dolor. Es una ecuación compleja en la que el componente físico es solo una parte.
Además, el estudio tuvo en cuenta variables psicológicas que muchas veces pasan desapercibidas: niveles de ansiedad, depresión, estrés postraumático y catastrofismo ante el dolor. Todos estos factores influyen en la manera en que percibimos y reaccionamos ante una molestia. Por eso, un abordaje integral que combine ejercicio físico con intervenciones psicológicas podría ser mucho más eficaz que cualquier enfoque centrado exclusivamente en la anatomía.
En la práctica diaria, este estudio refuerza las recomendaciones actuales: mantenerse activo, introducir los movimientos progresivamente y no dejarse paralizar por el miedo. Es fundamental aprender a moverse con conciencia, sin forzar, pero sin evitar innecesariamente. Preparar el cuerpo antes de realizar esfuerzos, intercalar periodos de descanso, mantener una postura adecuada al levantar objetos y fortalecer los músculos que sostienen la espalda son herramientas básicas para reducir el riesgo de brotes y mantener una vida activa.
El trabajo del equipo de Suri aporta datos sólidos y actualizados que pueden transformar la forma en que entendemos el dolor lumbar. Lejos de ser un aviso de que algo se ha roto, el dolor muchas veces es solo un mensaje de alerta. Y como tal, no debe ser ignorado, pero tampoco dramatizado.
Para los profesionales sanitarios, este estudio ofrece una base científica para tranquilizar a los pacientes, animarles a moverse y combatir el miedo al dolor. Para los pacientes, representa una oportunidad de liberarse del círculo vicioso del reposo, la inactividad y la pérdida de funcionalidad. Porque una espalda que duele no es una espalda condenada.
Este hallazgo, basado en evidencia sólida y rigurosamente obtenida, invita a repensar nuestra relación con el dolor y el movimiento. A fin de cuentas, moverse duele… pero no daña.