Comer con placer no es un lujo: la ciencia descubre que disfrutar la comida mejora la digestión, la nutrición y la relación con el cuerpo

Durante años nos dijeron que comer sano era sinónimo de sacrificio. Hoy, la investigación científica empieza a desmontar esa idea: disfrutar lo que comemos podría ser una pieza clave —y olvidada— de la salud.
La ciencia confirma que comer con placer es clave para una dieta saludableLa ciencia confirma que comer con placer es clave para una dieta saludable
La ciencia confirma que comer con placer es clave para una dieta saludable. Foto: Istock

La nutrición moderna ha pasado décadas obsesionada con los números. Calorías, macros, gramos, porcentajes. En ese proceso, algo esencial quedó relegado a un segundo plano: el placer. Comer pasó de ser una experiencia a convertirse en un cálculo. Y sin embargo, cada vez más estudios sugieren que esta visión incompleta no solo es poco realista, sino que podría estar perjudicando nuestra salud.

La idea no es nueva, pero ahora empieza a tener respaldo científico sólido: el disfrute al comer no es el enemigo de una dieta saludable, sino uno de sus aliados más poderosos.

Lo que ocurre en el cuerpo cuando la comida nos gusta

Desde el punto de vista biológico, el placer no es un capricho. Cuando comemos algo que nos resulta agradable, se activan circuitos cerebrales ligados a la recompensa, con una liberación de dopamina. Este neurotransmisor no solo genera bienestar: también influye en la motivación, la saciedad y el comportamiento alimentario.

Un trabajo clave publicado en 2011 analizó cómo funciona este sistema en personas con obesidad y observó algo revelador: cuando la respuesta dopaminérgica está alterada, el cuerpo necesita comer más para obtener el mismo nivel de satisfacción. No por falta de fuerza de voluntad, sino por una cuestión neurobiológica. El placer, lejos de ser un problema, es parte del mecanismo que regula cuánto comemos.

Además, disfrutar la comida tiene un efecto directo sobre la digestión. Comer relajados activa el sistema nervioso parasimpático —el llamado modo “descansar y digerir”—, que favorece la secreción de enzimas digestivas y la absorción de nutrientes. Comer con tensión, culpa o prisa provoca justo lo contrario.

¿Disfrutar al comer nos hace comer peor? La evidencia dice lo contrario

Durante mucho tiempo se asumió que el placer llevaba al exceso. Sin embargo, una revisión amplia publicada en 2020, que analizó más de un centenar de estudios sobre hábitos alimentarios, llegó a una conclusión incómoda para la cultura de la dieta: en más de la mitad de los trabajos revisados, disfrutar de la comida se asociaba con una mejor calidad de la alimentación.

Es decir, quienes obtienen placer al comer tienden a alimentarse de forma más equilibrada. No menos controlada, sino más sostenible. Otro estudio, centrado en adultos mayores, encontró que un mayor disfrute de la comida se relacionaba con un mejor estado nutricional general.

La explicación es sencilla: cuando una comida satisface, no hay necesidad de compensar después. El placer genera cierre. La insatisfacción, en cambio, deja la puerta abierta al picoteo constante.

Aquí aparece una distinción fundamental que la investigación subraya con claridad: comer con placer no es lo mismo que comer para anestesiar emociones.

El primero es consciente, elegido, presente. El segundo suele ser automático, desconectado y acompañado de culpa. Aunque desde fuera puedan parecer similares, el efecto fisiológico y psicológico es muy distinto.

Las personas que comen con atención y disfrute suelen recordar mejor la experiencia, sentirse satisfechas antes y no arrastrar malestar emocional después. En cambio, el comer emocional compulsivo suele dejar una sensación de vacío que perpetúa el ciclo.

Comer juntos, comer mejor

La comida es también un acto social, y eso tiene consecuencias medibles. Un estudio poblacional publicado en 2015 analizó los hábitos alimentarios de miles de personas y encontró que comer en compañía y disfrutar de las comidas se asociaba con mayores niveles de bienestar y satisfacción vital.

No es solo una cuestión cultural. Compartir comida reduce el estrés, alarga el tiempo de ingesta y favorece una relación más consciente con los alimentos. Comer solo, rápido y distraído —el modelo dominante actual— va justo en la dirección opuesta.

Cuando prohibir sale caro

Otro punto donde la ciencia empieza a ser clara es en el efecto perverso de la restricción. Numerosos trabajos en psicología de la alimentación muestran que prohibir alimentos aumenta su atractivo y debilita la autorregulación a largo plazo.

Un estudio cualitativo publicado en 2010 analizó cómo personas que participaban en programas de promoción de la salud negociaban el placer dentro de estilos de vida “saludables”. La conclusión fue clara: los enfoques que integraban el disfrute funcionaban mejor que los basados en la negación constante.

Cuando todo está permitido, el cuerpo deja de vivir en modo escasez. Y cuando no hay escasez, el deseo se modera.

Hay otro aspecto menos visible, pero igual de importante: la comida como vínculo cultural. Diversas investigaciones en salud mental han demostrado que el sentido de pertenencia es clave para el bienestar psicológico. La alimentación forma parte de ese tejido invisible que nos conecta con la familia, la tradición y la identidad.

Excluir de la dieta los alimentos culturalmente significativos no es neutro. Puede generar desconexión, pérdida y conflicto interno. Integrarlos con conciencia, en cambio, refuerza la relación con la comida y con uno mismo.

La “vitamina” que no aparece en las etiquetas

Algunos profesionales han empezado a hablar, de forma casi simbólica, de una “vitamina P”: P de placer. No porque sea una sustancia, sino porque cumple una función esencial que hemos ignorado durante demasiado tiempo.

No sustituye a los nutrientes, pero hace que los nutrientes funcionen mejor. No elimina la necesidad de una dieta equilibrada, pero la hace viable en el tiempo.

Pequeños gestos pueden marcar la diferencia: cocinar de una forma que nos apetezca, comer sin pantallas, usar especias, respetar los tiempos, sentarse a la mesa. No es hedonismo. Es fisiología.

La conclusión que se repite, estudio tras estudio, es clara: una alimentación saludable no puede sostenerse sobre el rechazo constante al placer. El cuerpo no funciona así. El cerebro tampoco.

Quizá el gran error de la nutrición moderna no fue recomendar verduras o reducir ultraprocesados, sino olvidar que los humanos comemos todos los días, durante toda la vida. Y que nadie puede sostener una conducta que no le resulta, al menos en parte, placentera.

Recuperar el disfrute no es retroceder. Es avanzar hacia una nutrición más realista, más humana y, paradójicamente, más científica.

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