

Durante generaciones, el embarazo ha estado rodeado de misterios, creencias populares y sabiduría transmitida de boca en boca. Desde los clásicos consejos de las abuelas hasta las ocurrencias más extravagantes que circulan en redes sociales, la etapa de gestación se ha convertido en terreno fértil para toda clase de mitos. Pero ¿cuáles son los más persistentes? ¿Y qué dicen realmente los datos? Una reciente encuesta elaborada por Talker Research y encargada por SneakPeek, una empresa especializada en pruebas de detección temprana del sexo del bebé, ha puesto números y contexto a esta cuestión. Los resultados no solo son sorprendentes, sino también un reflejo de cómo, incluso en plena era científica, las supersticiones siguen teniendo un lugar privilegiado en la experiencia de ser padres.
Según el estudio, realizado entre más de 2.000 personas entre padres, madres, embarazadas y quienes están intentando concebir, casi un tercio de los encuestados sigue creyendo que tener acidez estomacal durante el embarazo es señal de que el bebé nacerá con mucho pelo. Este mito, quizás el más popular, ha resistido el paso del tiempo con una fuerza notable, a pesar de que la evidencia científica solo ha encontrado una correlación mínima en un estudio puntual hace casi dos décadas. Aun así, la idea de que el ardor estomacal se traduce en una melena abundante al nacer sigue cautivando a muchas futuras madres.
Otra creencia igualmente extendida, aunque menos respaldada por datos, es la que sugiere que comer alimentos picantes puede inducir el parto. Un 21% de los participantes confesó confiar en este supuesto “truco”, aunque las investigaciones médicas no han logrado confirmar que exista una relación real entre el picante y el inicio del trabajo de parto.
Y no es el único mito que se relaciona con los alimentos: hay quien aún sostiene que tener antojos de dulces es señal inequívoca de estar esperando una niña, mientras que preferir lo salado indicaría la llegada de un varón. Sin embargo, la encuesta demuestra que las madres de ambos sexos reportaron antojos de dulce en proporciones prácticamente iguales.
Los mitos relacionados con el sexo del bebé merecen un capítulo aparte. Uno de los más extendidos es el que vincula las náuseas intensas con el embarazo de una niña. Aunque culturalmente se ha repetido hasta el cansancio, la encuesta no encontró diferencias significativas entre madres de niños y de niñas en cuanto a la intensidad de las náuseas. Lo mismo ocurre con la frecuencia cardíaca fetal: se dice que si supera los 140 latidos por minuto, se trata de una niña. Pero según los datos, solo un 10% de las madres de niñas reportaron esta frecuencia, lo que contradice frontalmente esa predicción.
Otras creencias populares entran directamente en el terreno de lo esotérico o surrealista. Algunos participantes afirmaron que soñar con peces es señal de que alguien cercano está embarazado, que romper un espejo durante la gestación puede provocar que el bebé nazca con problemas de piel o que ver ciertos animales durante el embarazo puede revelar el sexo del bebé. Incluso hay quien cree que si un bebé nace acostado de lado, será un genio. Aunque estas afirmaciones parecen más propias de una novela mágica que de una consulta obstétrica, muchas personas siguen otorgándoles cierto valor simbólico.
Curiosamente, pese a la amplia disponibilidad de pruebas científicas y médicas, una gran parte de los padres admite haber intentado adivinar el sexo del bebé antes de confirmarlo. Un 64% de los encuestados reconoció haber hecho suposiciones, y, en una vuelta de tuerca inesperada, los padres varones fueron más certeros en sus predicciones que las madres: un 70% frente al 63%. Además, un 38% afirmó haber sentido o intuido el sexo de su bebé, una cifra que supera a quienes se basaron en síntomas específicos para hacer su apuesta.
El deseo de saberlo todo antes del nacimiento no se limita a la curiosidad. Muchos padres buscan certezas en medio de la incertidumbre, y conocer el sexo del bebé se ha convertido en una especie de ancla emocional. La mayoría de quienes optaron por descubrirlo lo hicieron antes de la semana 20, y sus razones son variadas: desde preparar ropa y nombres hasta sentir una mayor conexión con el futuro hijo. Para otros, la motivación fue más social: un 32% lo hizo para compartir la noticia con amigos y familiares, y un 22% buscaba intensificar la emoción del momento.
Y como no podía faltar en esta era de celebraciones compartidas en redes sociales, un 22% de los futuros padres planea organizar una fiesta de revelación de sexo con invitados, mientras que un 17% optará por una versión más íntima. Pese a las críticas que estas celebraciones reciben, la encuesta revela que son vistas como eventos más divertidos que incómodos por la mayoría de los participantes.
La encuesta también ahonda en las creencias más personales o íntimas, como aquellas relacionadas con la influencia de la luna. Cerca del 16% de los encuestados aseguró haber prestado atención a las fases lunares al momento de buscar un embarazo, con la esperanza de influir en el sexo del bebé. Aunque no hay estudios concluyentes que respalden esta teoría, su popularidad demuestra que, en muchos casos, el deseo de influir en el resultado sobrepasa el interés por la lógica científica.
En el plano de la salud, la encuesta también señala que muchos padres están apostando por una experiencia más informada: un 36% utiliza aplicaciones para seguir el desarrollo fetal, otro 36% ha elaborado planes de parto y un 19% ha recurrido a pruebas caseras. Sin embargo, llama la atención que solo el 4% haya utilizado pruebas de ADN o sangre en casa para descubrir el sexo del bebé, a pesar de que ya existen tecnologías capaces de hacerlo con precisión desde la sexta semana de embarazo.
Estos datos no solo revelan un panorama lleno de anécdotas curiosas, sino que también reflejan una realidad emocional: el embarazo es un periodo de enorme carga simbólica y de búsqueda constante de certezas. En un momento en el que el cuerpo cambia y el futuro parece un territorio inexplorado, las creencias, los mitos y las pequeñas supersticiones funcionan como herramientas para sentirse más cerca de lo que está por venir. Y aunque muchas de estas ideas carezcan de respaldo científico, cumplen su función: generar esperanza, conexión y, por qué no, un poco de magia en medio de lo desconocido.